martes, 30 de mayo de 2017

EL OTRO BUQUE FANTASMA (Relato)

En esta entrada te dejo un relato que escribí ya hace varios años pero que se encuentra entre mis favoritos. 


El Otro Buque Fantasma

            Los conocí durante un paseo  por el puerto el primer fin de semana que pasé en aquella ciudad. Mi profesión exige estas cosas, cambio de residencia, cambio de compañeros de trabajo, diferentes climas, horarios, y lugares nuevos donde poder pasear y entretenerme. 
Me encantan los días de invierno con sol radiante, y aquel domingo del mes de enero, el destino quiso que me sentase a tomar el aperitivo en la cantina pegada al muelle de atraque de los cruceros que parten hacia lugares de clima benévolo. Retiré la silla de aluminio de la mesa que decidí ocupar y tomé asiento. El gran barco ultimaba las maniobras de atraque. En pocos minutos su escalinata se llenaría de turistas prestos a buscar con la mirada la fila de taxis o el autocar que les prometía una completa visita a la ciudad en cincuenta minutos. En todas partes es igual; sentí esa sensación de lo ya vivido y a punto estuve de levantarme y cambiar de lugar, pero el camarero interrumpió mis cábalas.

            —Buenos días. ¿Qué va a tomar?
            — ¿Tienen camarones? —le pregunté.
            —Sí Señor, acaban de llegar, están fresquísimos.
            —Tráigame una ración y una caña bien fría.
   Enseguida.
Los camarones me parecieron un excelente pretexto para permanecer en aquel lugar y distraerme con la atolondrada salida de los turistas del barco. Volví la cabeza impaciente por divisar la figura del camarero dirigiéndose hacia mi mesa con la cerveza y la ración sobre la bandeja y, esa fue la primera vez que los vi. Venían juntos andando muy despacio. Él intentaba agarrar su mano, ella la retiraba con una sacudida seca, como si diera a entender que no era el momento adecuado. Paseaban uno al lado del otro, sus hombros se rozaban pero cualquiera podía adivinar que los separaba una enorme distancia. Ella, María, buscaba la silueta del barco sin dirigir la mirada a la escalinata por la que comenzaba a desfilar la hilera de pasajeros correctamente uniformados. Se separó de Pedro y anduvo lo más deprisa que pudo a lo largo de la acera del muelle hacia la proa del barco. Tuvo que retirarse para salvar la soga de amarre que lanzaron desde el puente de mando, y en vez de protestar, la vi sonreír como  lo hacen las mujeres enamoradas. Pedro mientras tanto, con gesto de resignación, dio una vuelta completa sobre sí mismo mirando en derredor. Adiviné que me había elegido, yo era su blanco en aquel instante. Se situó a metro y medio, tenía las orejas de soplillo y unos ojos  de gorrión que me miraban como si desease huir inmediatamente. En posición de firmes adelantó su mano llena de mugre, y con una sonrisa desdentada y silenciosa me pidió dinero.

            — ¿Cuánto quieres? —le pregunté.
            —Cuarenta duros.
            — ¿Y qué vas a hacer con ellos?
            —Invitar a mi novia.
            — ¿Es aquella tu novia? —le dije señalando a María.
            —Sí —respondió afirmando con la cabeza.
   Pues ella no parece hacerte mucho caso.
   Es igual, siempre pasa lo mismo. Cuando ve que él no la hace cuenta vuelve y
seguimos juntos.
   ¿Y quien es él? —le pregunté mientras buscaba con la mirada el objeto de deseo
de María.
   El Capitán.
Volví la cabeza hacia Pedro y le alcancé un billete de quinientas pesetas. No sé por qué lo hice, no sé por qué me sentí tan espléndido en aquel momento. Sonreí e inmediatamente noté como me ruborizaba. ¿Quién era yo para sentir lástima de esa pareja?  Él, enamorado, intentaba conquistarla; entretanto... ella soñaba.

            Durante los siguientes meses me convertí en una especie de cazador de su existencia. En mis paseos por la ciudad aprendí a acechar sus movimientos. Enseguida pude darme cuenta de que durante las mañanas solían permanecer  ocultos en sus guaridas —lo que me produjo gran alivio, ya que a esas horas yo estaba recluido en mi oficina—   para ir como desperezándose a eso de la una de la tarde cuando, al menos eso creía yo, el hambre  los hacía deambular por las calles mezclándose con la gente.
María quizás fue atractiva en sus mejores días. El alcohol había arruinado su belleza. Después de haberla mirado a la cara en innumerables ocasiones pude calcular que no pasaría de los sesenta años. Al examinar sus ojos  grises, del mismo tono que el pelo, adiviné alguna vez en ellos una chispa de brillo. Tenía la cara y las manos sucias, desprendía un olor agrio que al principio me causó repugnancia.
Su periplo comenzaba en una taberna de mala muerte  en la zona de carga del muelle. Allí podía pasar horas hasta que algún estibador la invitaba a un botellín de cerveza o a un vaso de vino. Lo hacían después de burlarse oyendo historias de su juventud, de cuando ella era hermosa y había ejercido como pupila en la casa más elegante de la ciudad. Incluso alguna vez, consiguió una copa de anís tras rebuscar debajo de su camisa un abultado pecho exhibiéndolo delante de la chusma que reía sin remordimiento. Por la tarde, cuando los niños comenzaban a abandonar el parque, María recorría las papeleras en busca de un mendrugo de pan sobrante de alguna merienda. A veces hasta tenía suerte y lo encontraba untado con mantequilla o sobrasada; todo un festín. Cuando caía la noche le gustaba deambular por la puerta del casino, o del teatro. Sobre la alfombra roja de la entrada, el desfile de tacones y  medias de seda con costura resaltaban con las agujereadas zapatillas de paño y los calcetines de lana enrollados sobre los tobillos de María.
   ¡Con qué poco garbo se menean! —solía decir en voz alta
 acompañando su sentencia con una mueca desdentada y amarga.
Antes de recogerse en la casa de caridad todavía soportaba los piropos de los taxistas reunidos alrededor de la parada.

   María, con lo elegante que te has puesto y con el perfume que llevas,  
no nos extraña que Pedro se vuelva loco por ti — gritaban  zarandeándola por los hombros y tapándose la nariz.
   ¡Callaos hijos de mala madre! El día que El Capitán venga a
buscarme vais a quedaros con tres palmos de narices. ¡Atufaos, tiñosos! Ya le podéis decir a Pedro que me olvide, que aquí no tiene nada que hacer. ¡Buena he sido yo siempre para saber elegir!
   ¡Adiós flor de pitiminí! Si te queda alguna hora libre guárdamela.
   ¡Ya te gustaría a ti tenerme aunque solo fuera un minuto! — los
despedía tragándose las lágrimas.

Pedro pasaba las horas pidiendo limosna, y buscando en los cubos de basura objetos para amueblar la habitación. Por ahora dormía sobre una colchoneta de playa bajo el ala de un tejado de la lonja. No quería estrenar el cuarto del vigilante que había a la entrada del abandonado almacén de mercancías. Cuando todo estuviese listo le iba a pedir a María que se fuese a vivir con él allí. La diferencia de edad no importaba, ella era por lo menos diez años mayor, pero la quería desde que era un muchacho y la vio pasear del brazo de un tipo llegado de Sudamérica. Aquel día decidió que haría todo lo posible para conseguir enamorarla, y aún no había desistido.

Desde hacía muchos años, cada dos semanas, María acudía el domingo por la mañana al muelle de turistas para ver la llegada del barco. Dos días antes comenzaba a prepararse para el acontecimiento. Se acercaba al convento de monjas a pedir algo de ropa limpia. Una falda, una blusa, zapatos de tacón, casi cualquier cosa valía. Mientras tanto Pedro proseguía su labor, buscaba y rebuscaba: una silla desvencijada, un espejo roto, un trozo de cortina, un cuadro...
 Cuando se  marchaba la clientela, Conchita la dependienta de la perfumería, le regalaba a María ampollitas de perfume de esas que sirven de muestra. Ella las probaba todas y elegía según la indumentaria. Una vez le dio una barra de carmín color rojo. Cuando sabía que él iba a llegar, justo antes de salir hacia el puerto, se repasaba una y otra vez los labios con un gesto de ensayada coquetería. La guardaba como si fuera un tesoro. Estaba segura de que El Capitán cumpliría la promesa que le hizo hacía treinta años cuando aún era guardiamarina: “Volveré  para llevarte conmigo a los mares del sur”.

Pedro limpiaba  los cristales de las ventanas con el pañuelo y el vaho de su boca; a veces incluso conseguía sacarles brillo. Los viejos muebles que  logró reunir estaban mucho más limpios que su persona. Antes de abandonar el cuchitril, se aseguraba de que el hornillo que serviría de cocina aún encendía, y de que la bombilla que consiguió dos años atrás no se había fundido. Entonces notaba una ola de satisfacción que le provocaba una risa repetitiva y casi inhumana.
—No tendrá más remedio, El Capitán ya no la quiere —pensaba. Aunque ella no lo
reconozca la abandonó.
Ahora él estaba en condiciones de ofrecerle un hogar.

Lo siguiente ocurrió un domingo de esos que amanecen nublados y con un intenso olor a mar. María se acercó al muelle en pos de su sueño. Arrastró las piernas y desparramó la mirada hacia el puente de mando en busca de un gesto de complicidad. El Capitán dirigía las maniobras de atraque y en un ademán de su mano, María creyó ver la señal soñada. Se dirigió a un tugurio cercano, donde hacía años, depositó una maleta de cartón repleta de la ropa que acompañó sus días de esplendor. Se aseó la cara y las manos en el chorro de una fuente, y con paso digno atravesó la barrera de entrada al puerto. Sentada en la misma mesa en la que meses antes la descubrí, se pintaba los labios mientras esperaba a que el sobrecargo del buque cumpliese las órdenes: acompañarla al camarote de El Capitán.

Mientras tanto Pedro continuaba dando los últimos retoques a su hogar. Siguió la rutina de siempre: el polvo, los cristales, la bombilla, el hornillo... Cuando la sirena del buque lo rescató de su ensimismamiento quizá era demasiado tarde. Cerró apresuradamente la puerta del cuchitril y corrió hacia el muelle. En su carrera pudo contemplar como el transatlántico enfilaba la bocana del puerto y se alejaba. Saboreó el placer de la victoria. De nuevo El Capitán la abandonaba como tantas otras veces. Pedro la iba a rescatar de la tristeza. Llegó donde esperaba encontrar a María con el corazón golpeándole el pecho y…   pudo verla allí tumbada, en el suelo, rodeada de gente extraña que la conocía desde hacía años. Su rostro tenía una tonalidad cárdena en la que destacaban sus labios embadurnados de carmín. Un empleado del práctico, con las ropas empapadas, agarró a Pedro por el brazo y lo separó del grupo:

—El barco zarpó otra vez sin ella. La vi como caminaba llorando hacia              
el borde del muelle pero no pude hacer nada. Cayó al agua y se hundió sin hacer un solo intento por mantenerse a flote. Cuando la sacamos ya era tarde.

Pedro entreabrió la boca para dar un suspiro que le ayudase a pasar el mal trago. Ni tan siquiera quiso acercarse al cuerpo. Prefirió seguir soñando con el regreso de ambos a su hogar. Recordó que no había apagado la bombilla y tampoco el hornillo. Instintivamente dirigió su mirada de pájaro hacia el cuchitril. A pesar de que se encontraba a una buena distancia, divisó la delgada columna de humo que provenía de allí. Se armó de valor y dio el asunto por concluido: jamás volvería a pisar aquel lugar.

            Después de aquello le perdí el rastro durante algunos días. Merodeé por los cubos de basura, por los baruchos de la ciudad, por la lonja. Parecía como si la tierra se lo hubiese tragado. Llamé a un conocido que trabajaba en el Registro Civil por si tenía noticias de su fallecimiento. No, estaba vivo. Lo encontré en el albergue municipal, me acerqué hasta allí para visitarle. Ahora no sonreía. Tampoco aceptó mi invitación a una cerveza. Cuando le tendí un billete de quinientas pesetas lo cogió y pude adivinar en su mirada una traza de ilusión.
— Ahora no tengo a nadie a quien invitar, pero va para mi tesoro.
Lo tengo escondido dentro del colchón; así cuando me muera y lo descubran, se darán cuenta todos de que en realidad yo era mucho más rico que El Capitán.     

Desde entonces mi vida en aquella ciudad se transformó. Los días me resultaban interminables, los paseos insulsos. Pedí un cambio de destino; a ser posible a una ciudad del interior. El aire del mar ya no le sentaba bien a mi salud.

Jorge Solera Marín


2 comentarios:

  1. Precioso relato...la vida con sus sueños y miserías...la vida real

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  2. El imaginario en cada uno de nosotros.... Me gusto el relato.

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