viernes, 19 de mayo de 2017

CYRANO DE BERGERAC (Edmon Rostand)

¿Qué héroe ha logrado descubrir en ti todo aquello que significa grandeza?


Si atendéis a la primera acepción del diccionario de la RAE, observaréis que define al héroe como  persona ilustre y famosa por sus hazañas o virtudes. Sin embargo yo prefiero la quinta acepción que lo señala como persona a la que alguien convierte en objeto de su especial admiración.
Esta propia acepción tiene la virtud de señalarnos, a través del vocablo alguien, como coprotagonistas de la virtud y el hecho heroico. El hecho de admirar lleva implícito un cierto grado de sorpresa y la consideración de algo como extraordinario. Y extraordinarios me parecen, aunque en diferentes aspectos, los personajes que pasaré a enumerar, en ésta y en próximas entradas, como aquellos que me han  acompañado en aventuras que desde pequeño soñaba con emular.
El primero de todos, y protagonista absoluto en mi mundo literario, es Cyrano de Bergerac.  Este cadete de Gascuña resulta excesivo desde el primer momento de la obra y concepción del personaje. Excesivo en su grandilocuencia, en el feroz tamaño de su nariz, en el erizado bigote y en el colorido de su gallardo penacho. Capaz de expulsar del escenario a golpes al rollizo y obsceno actor Montfleury, por el hecho de declamar fatal los versos que se escribieron para volar; y sobre todo, por haberse atrevido en cierta ocasión a posar su mirada de ojos de rana en el rostro de su amada Roxana. 



Cuando se bate contra cien malhechores que le esperan en la puerta de Nestlé, no lo hace por fanfarronería, lo hace por defender su idea de lo absoluto: la actitud romántica de un borracho como Ligniére que Rostand escenifica mediante estos versos.

Porque ese mamarracho
este tonel con piernas, este ser lamentable
hizo en cierta ocasión una cosa admirable.
Al salir de una misa, viendo que su adorada
sumergía los dedos en el agua salada,
aunque contrario al agua, cual su aspecto denota
se inclinó hacia la pila, y no dejó ni una gota

Desencantado, debido a su fealdad, ante la imposibilidad de un acercamiento amoroso a su prima Roxana, Cyrano no solo afronta el desengaño sino que acepta con lealtad y gallardía la mediación entre ésta y su amado y bello Cristián. Cuando escondido entre las sombras de la noche bajo las ramas de un árbol, Cyrano se hace pasar por Cristián, no solo remplaza la torpeza del joven sino que suplanta el auténtico objeto de deseo en el alma de Roxana relegándolo a lo insustancial. Cristián recibe el beso de Roxana trepando al balcón; Cyrano conquista la plaza reservada tan solo para las almas inmortales: el deseo provocado por la admiración.

Pero nuestro héroe no se arredra. Aunque descorazonado continúa inmune al desaliento y niega una y otra vez la servidumbre ante el poder. Con su celebérrimo "No gracias" expone sin complejos su firme determinación de trabajar sin afán de gloria ni fortuna e imaginar que marcha a conquistar la luna. 
Cyrano crea un mundo propio al que tan solo resulta necesario inyectarle  el coraje que a él le sobra para convertir esa utopía en realidad tangible.

El final de la obra y del personaje asume los valores del drama clásico: Los poderes ilegítimos -la mentira, los prejuicios, la envidia- terminan destruyendo convicciones legítimas tales como luchar en favor de lo noble y lo hermoso. Cyrano muere de manera trágica, tras ser apaleado por sus enemigos de forma cobarde y alevosa, en los brazos de Roxana. Le habrán podido arrebatar el laurel y la rosa pero jamás podrán arrebatarle una cosa: su penacho, lleno de gallardía, y la brava apostura de su fiera nariz.

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2 comentarios:

  1. ¡Me ha encantado! Esa capacidad tuya de analizar y sacar la esencia de las cosas y los personajes me fascina.

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    1. Muchas gracias. Estos comentarios son el mejor estímulo para continuar aquí.

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