miércoles, 5 de abril de 2017

La Primera Suma

Hola a todos:

     En esta entrada os dejo un relato muy breve que escribí en el 2004. Se encuentra publicado en un libro de relatos colectivo editado por Fuentetaja

 


 Está dispuesto en la esencia de la cosas                
 que de cualquier resultado o éxito, sea cual fuere,
 surgirá algo que hará necesaria una lucha mayor
                  
                              Hojas de Hierba (Walt Whitman)


La primera suma

Siete. La respuesta es siete. En aquel momento, sentado en la pequeña silla, tuve la sensación de que había sido capaz de atravesar la barrera. No era capaz de intuir cuántas debería sobrepasar aún pero la sensación en aquel entonces, mezcla de alivio y orgullo, era absolutamente desconocida.

 Por lo general no me costaba demasiado esfuerzo  comprender las explicaciones de mi profesora. Pero aquello era distinto; hasta entonces los conocimientos se dirigían hacia mí. Únicamente debía guardarlos en la memoria. A menudo incluso me asombraban, pero todo era un proceso absolutamente pasivo en el que yo me consideraba un simple espectador.
Sin embargo aquello no era igual. Yo era capaz de contar, e incluso escribir en el cuaderno de cuadros, una sucesión de cifras que se me antojaba interminable. Pacientemente encerraba cada número en su casilla separado del siguiente por un pequeño guión. Ahora la cosa se complicaba. Se trataba de sumar. Me dictaban dos cifras comprendidas entre el uno y el nueve —hasta ahí no había nada de extraño — y yo debía escribir el resultado de la suma.  ¿A que se referían con aquello de la suma?. Daban a entender que ese nuevo guarismo debía  “adivinarlo” y anotarlo en mi cuaderno. Parecía fácil en principio, pues según se dijo, tan sólo consistía en hallar un número que resultaba ser la unión de los dos anteriormente  presentados bajo el “seudónimo” de sumandos. Diligente pero desconfiado garabateé — aún no he mejorado en este aspecto — un cuatro y un tres. ¡ Poseía pues mi primer resultado!. Levantándome del asiento me dirigí hacia la mesa de la profesora con el cuaderno de aritmética entre las manos. Ella lo tomó con cierto grado de expectación  e inmediatamente, por la expresión de su cara, pude deducir que la suma no era correcta.

— Cuatro y tres no son cuarenta y tres. Siéntate y discurre  —sentenció  a la vez que me devolvía el cuaderno mostrando un gesto mezcla de decepción y ánimo.

Descorazonado realicé el viaje de vuelta hasta el pupitre. Tomé asiento tratando de reponerme de la desilusión recibida. Pensaba y cavilaba. La lógica me conducía continuamente al mismo callejón sin salida. La palabra “discurre” rebotaba en mi cabeza. Yo no entendía su significado pero la repetía como si se tratase de algo mágico capaz de sacarme de aquel laberinto. Utilicé la goma de borrar con la esperanza de que el espacio en blanco destinado al resultado me ofreciese una nueva oportunidad. Aquello de sumar era más difícil de lo que parecía. Rascándome la cabeza con el extremo del lapicero continué discurriendo. Fue la primera vez que vislumbré la sensación producida por la desesperación y la amargura de la soledad. Tratando de esquivarlas, eché un vistazo hacia el lugar donde suponía encontrar a mis compañeros en idéntico trance. Con la cabeza baja casi pegada al papel, la mayoría se hallaban inmersos en la solución de tan extravagante ejercicio. Otros miraban a través del gran ventanal que daba al patio con la esperanza— o eso creía yo—  de que la solución estuviera inscrita en el vaho que cubría los cristales. Solamente Emilio, un crío espigado con el pelo rapado y grandes orejas, parecía tranquilo y seguro.

— Emilio, ¿has terminado?. —preguntó la maestra.
— Si señorita —contestó poniéndose en pie.
— ¿Qué dos cifras debías sumar?
— El dos y el siete.
— ¡A ver qué contestas! —mascullé para mis adentros.
— Nueve —respondió él con voz aflautada.
— ¡ Muy bien Emilio!. Ya tienes tu primera operación aritmética. Si continuas así al final de la semana conseguirás el premio al alumno más aplicado.
¡ Había acertado!. Aquel niño que tan mal jugaba al fútbol ya sabía sumar.
 Lo que no entendía yo era por qué por dar con la solución debían operarle; pero eso ahora era lo de menos.
Continué pensando. Sí él lo había logrado yo no podía fracasar.
—Tengo que encontrar cual es la suma de cuatro y tres.
Añadí docenas de veces el tres al precedente cuatro y el numero resultante no variaba: cuarenta y tres. Aquello era imposible., quizás la maestra se confundió y en vez de un tres vio un ocho. Pero no podía ser, el ocho es cerrado y el tres es abierto. Escribí en mi cuaderno, de manera ordenada, los números del uno al nueve. Allí estaban todos en fila india. Fijé la vista en el cuatro y decidí  avanzar a través de mi lista numérica. Si daba un paso aparecía el cinco, si avanzaba dos veía el seis y cuando lo hice por tercera vez comprendí lo que era sumar: Se trataba de partir del primer número y avanzar en la cuenta tantas veces como indicaba el segundo. ¡ Podía haberlo dicho antes!.
Henchido de orgullo alcé mi mano derecha todo lo que pude con el fin de atraer la atención de la maestra.
—¿Deseas ir al baño Jorge? —me preguntó con cierto aire de fastidio.
—No —le respondí rotundamente— ya tengo el resultado.
—A ver, ¿cuántas son cuatro más tres?
—Siete.
—¡Muy bien!. ¿Y dos más tres?
—Cinco —Contesté rápidamente.
—¿Ocho y siete?
 La cosa se complicaba pero no tardé más de diez segundos en contestar.
—Quince.
—¡Perfecto! —escuché a la maestra mientras acompañaba su voz con unas palmaditas de aplauso.
Ahora estaba seguro de que sabía sumar. A los demás compañeros —salvo a Emilio— todavía les costó un día o dos comprenderlo.
 Fueron momentos felices. En mi cuaderno se amontonaban las sumas. Cada vez se componían de más sumandos, pero yo continuaba discurriendo y ofrecía  el resultado correcto.

Al finalizar la semana escolar  —el sábado por la mañana — pude escuchar como la maestra pronunciaba mi nombre al hacer entrega del premio al alumno más aplicado. Fue el primero que recibí en mi vida, y quizás, el único que me ha provocado auténtica  felicidad.

Jorge Solera Marín.

Santa Úrsula a 16 de septiembre de 2004.

4 comentarios:

  1. Cómo un acto tan aparentemente simple y sin trascendencia se puede explicar de forma bella...siempre me ha gustado este relato!

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  2. Cuando lo leí la primera vez me recordó a mi sobrino Daniel, es un pequeño escritor en potencia. Le haré llegar este relato, estoy segura de que le gustará.

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